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Mi tercer tatuaje: si amas déjalo libre

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A nadie le gusta perder. Desde pequeños nos enseñan que debemos enfrentar nuestros miedos y que a pesar de todas las circunstancias debemos ganar. Siempre salir victoriosos de cada lid. Luego vienen los consejos motivacionales, los llamados coach encargados de elevar nuestra autoestima y hacernos creer todo el rato que lo importante es vencer. ¿Pero de que nos sirve una victoria pírrica?

¿A que costo debemos mostrar la sonrisa triunfante?

Mi tercer tatuaje: si amas déjalo libre 1

Un tatuaje: las manos abiertas

Mi tercer tatuaje lo pagué con un cactus…Ya ni me acuerdo el género, pero era algo caro y milagrosamente había logrado que se pegara en la tierra, cuando lo común era que como único se “gozara” (término muy cubano para denominar que la planta crecería) era a través de injertos.

Mi amiga Zoilita, graduada de la academia de artes plásticas, apostaba por hacer tatuajes. Estaba decidida en tener otro más y esta vez en la pierna. Amaba, intensamente, con un amor más allá de lo racional, pero llegaba a su fin, lo presentía. Así que este diseño, (yo que soy enemiga de ponerme el nombre de una pareja; siento que es como la marca de una vaca, literalmente si lo hago me convierto en el ganado de alguien), era en cierto modo, un homenaje al amor que perdía.

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El dibujo: una mujer vestida de negro, con las manos caídas hacia abajo que se apoyaban de manera lánguida en sus rodillas…y unas mariposas de igual color, revoloteaban alrededor de la chica. Era un dibujo, con el mismo estilo de los cuadros de la Zo, una chica sin boca, triste.

Cuando el tatuaje se transforma: artista y tatuado rehacen el diseño

Zoilita dice que nunca los diseños que ella me propone se parecen al resultado final, es como si cobraran vida y adoptaran personalidades y sentimientos propios cuando quedan plasmados en la piel. Lo cierto es que yo le cambio siempre algo a su tatuaje, una línea aquí, un trazo de este modo, el color, en fin que terminan siendo un híbrido de ambas.

En mi tatuaje, es rojo el vestido y son rojas las mariposas…yo había sido así: una mujer que se vestía de rojo: amaba el brillo de sus ojos cuando bailaba lentamente para seducirlo, me excitaba cortar su respiración al compás de Alanis Morrisette, así que no podía ser negra, como tampoco es mi alma.

Por lo que las mariposillas eso es lo que representan: los pedazos de mí que dejo ir. Las manos dejaron de estar caídas en forma de desamparo, para elevarse en señal, de liberación o de espera, según como se interprete.

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Y con la misma intensidad que amé: quedó un recuerdo para siempre.

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Aprender a dejar ir

Ya estaba el tattoo listo, hermoso, y lejos de tomarme un descanso caminé calle abajo para buscar consuelo en el mar. Sabía que me aferraba a una historia en ciernes, que ya habíamos cometido pecados imperdonables, que nos faltaba la verdad al mirarnos, pero aún así creía en alzarme victoriosa y llevarme este amor como trofeo.

La chica de las mariposas y el pequeño dolor que sentía me hizo aceptar la realidad. ¿Por qué aferrarme a algo que ya está irremediablemente perdido? Si, tampoco era que hubiera colgado los guantes en el primer golpe, había luchado con uñas y dientes, pero llega un momento en que se gana más perdiendo y lo dejé ir.

¿El sentimiento? Cómo uno cuando aprieta duro las manos para no perder algo…luego cuando las abre, junto a la sensación de vacío llega el alivio. Llegué a casa, y me despedí en silencio. Pasó un mes y mi mundo se derrumbó, pero ya no estaba sola. Tenía un tatuaje para recordar.

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